En medio del jolgorio de una calle cualquiera, una noche de mitad de semana, entre sonidos punchísticos de carros tuneados y pantalones reguetoneros, caminaba con un vaso medio lleno de cerveza (soy optimista) hasta que el mejor amigo que nunca había visto en mi vida me detuvo con un abrazo que salía del fondo de su vaso y entre incoherencias logré distinguir que me decía: “bro, el asunto es que la gente acá no es culta como en otros países”. Hielos cocteleros danzaban al compás de la correa metálica de su reloj importado de Suiza. Detalle más que suficiente para quedarme pensando el resto de la noche y alejarme de él para evitar un corte en mi usual ánimo farrista. ¿De verdad la gente aquí no es culta?
Veinte pasos y un vaso más adelante encontré escrito “Sea culto, no orine en la pared”. Y aun cuando me cortaron la viada, me sentí aliviado de saberme culto por haber hecho caso a la pared. Veinte vasos y un paso más adelante comencé a entender que en realidad no puede no haber gente culta. Bueno, creo que ese momento tenía más sentido. Pero hoy, un analgésico y un galón de agua más tarde, comienzo a darme cuenta de que el problema está en que no sabemos qué mismo es cultura.
Levi-Strauss, Malinowski, Freud y demás nombres aparecen en mi cabeza cuando pienso en cultura. No sé qué dicen pero tengo entendido que uno debe mencionarlos para sentirse interesante y culto. Entonces confirmo lo que sabiamente me dijo una pared: soy culto. Pero quedo igual, no sé qué es cultura y creo que el problema radica en que cada vez que alguien menciona esa palabrita me remito a imágenes lejanas, a grupos étnicos, a chozas, a arquitectura colonial, a Juan Montalvo, a cosas tan distantes que no las siento mías. Ni Levi-Strauss, ni Malinowski ni Freud vivieron en Quito, todos lejanos, todos muertos, todos distantes… comienzo a pensar que la cultura está en algún otro lugar. ¿Será que la pared se equivocó?
Camino por las calles de mi ciudad y me doy cuenta de que todos tienen los mismos rostros tatuados con interrogantes. Me gusta pensar que piensan lo mismo que yo, porque así dejo de sentirme solo. Y me doy cuenta de que ellos son mi cultura. Esos quiteños que andan intelectualizando en fiestas y haciendo fiestas en zonas intelectuales. Aquellos que disfrutan de arruinar la velada comentando de problemas de país y que hacen bromas en reuniones que tratan de problemas de país. Yo soy así y el tipo con el reloj suizo también, así como posiblemente lo sea el tipo que escribió aquel graffiti en la pared.
Humboldt alguna vez mencionó “los ecuatorianos viven pobres en medio de riquezas y se alegran con música triste”. Tal vez la característica más relevante de la cultura de nuestra ciudad sea la ironía, y si no relevante, por lo menos divertida. Me gusta sentir que vivo en una comedia gringa dónde sólo faltan las risas pregrabadas cada vez que converso en algún café con algún amigo. Sería genial que cada vez que entre a algún bar la gente aplauda, o escuchar el playback de “ooohs” cada vez que una novia me dice que sería bueno darnos un tiempo.
En realidad la cultura actualmente es una suma de todos los siglos de historia que guardamos encima. Nunca hemos botado nada. Guardamos todo aquello que otras culturas desechan, que justo hoy es aquello que nos hace humanos. Por eso creo que la cultura debe encontrarse en el cajón de mi mamá. Desde los primeros dientes que perdí, las tarjetas de cumpleaños que le regalaron cuando tenía 5 años, todo lo que cuenta la historia de mi familia, de mi ciudad, de mi gente están en ese cajón. Llegará el tiempo en el que un primer mundo despersonalizado se dé cuenta de lo lejos que ha dejado la humanidad y voltee su rostro sobre nuestra cultura. Ecuador en el cajón de mi mamá.
ekibastos…
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